Cuentos de humor negro by Robert Bloch

Cuentos de humor negro by Robert Bloch

autor:Robert Bloch [Bloch, Robert]
La lengua: spa
Format: epub, mobi
Tags: Relato, Terror
editor: ePubLibre
publicado: 1965-01-01T05:00:00+00:00


El maestro del pasado

Yo ya no sé qué hacer, palabra. A juzgar por el comportamiento de George, cualquiera creería que fue culpa mía. Cualquiera creería que ni siquiera vi nunca a aquel individuo. Cualquiera creería que robé su coche. Y sigue pidiéndome que se lo explique todo. Pero si se lo he contado ya docenas de veces… ¡y a los policías también! Además, ¿qué tengo que contarle? Él estuvo allí.

Desde luego, la cosa carece de sentido. Ya lo sé y ojalá me hubiese quedado en casa aquel domingo. Ojalá le hubiera dicho a George que tenía otro compromiso cuando él me telefoneó. Ojalá le hubiese obligado a acompañarme al teatro en vez de ir a aquella playa. ¡George y su automóvil convertible! Por otra parte, cuando hace calor las piernas se pegan a aquellos asientos de cuero…

Pero hubiese tenido que verme el domingo, cuando él vino a buscarme. A juzgar por mi aspecto, parecía como si tuviera que llevarme a Florida o a cualquier otro lugar por el estilo. Me había puesto aquel conjunto negro nuevo que compré en Sterns, y me había aplicado un poco de decolorante Restora a los cabellos. Ya saben ustedes que George fue el primero en la oficina que empezó a llamarme «Blondie».

Finalmente, vino a buscarme alrededor de las cuatro y hacía aún calor y él había bajado la capota. Sospeché que acababa de lavar el coche, pues éste tenía un aspecto flamante.

—¿No crees que hace juego con tus cabellos? —me dijo.

Primero seguimos el Parkway y después salimos al Drive. Todo estaba lleno de automóviles. Por esto me preguntó si no sería mejor ir a la playa después de tomar algo.

Dije que sí y fuimos a «Luigi’s», ese restaurante de pescado que hay al sur de la autopista. Es un lugar muy caro y presentan una de esas cartas en las que figura toda clase de mariscos y crustáceos, como percebes y tortugas.

Comí un filete con patatas fritas, y George tomó —no recuerdo; ¡ah, sí, ahora caigo!— pollo frito. Antes de comer tomamos un par de copas, y después nos sentamos dentro y bebimos otras dos. Hablábamos de la playa mientras esperábamos que se hiciera de noche y pudiéramos ir a nadar, puesto que no habíamos traído los trajes de baño.

Yo seguía la broma. George discurría alguna idea de las suyas. Y no crean que yo no sabía por qué me estaba invitando a beber con tanta insistencia. Cuando salimos, se detuvo en el bar y compró un litro de cerveza.

Estaba saliendo una luna casi llena y empezamos a cantar en el coche. Todo parecía más que satisfactorio. Por lo tanto, cuando él dijo que sería mejor no ir a la playa de siempre y que él conocía un rincón que estaba muy bien, yo pensé que por qué no.

Era una especie de cala pequeña y se podía aparcar junto al camino. Teníamos la arena allí mismo y era posible caminar largo trecho con el agua hasta la cintura.

Pero no era éste el motivo de que George hubiese elegido aquel sitio.



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